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Trapani: ISOLE EGADI - La naturaleza virgen y bellezas de Sicilia -

 

FAVIGNANA
En los meses de verano, el arribo a Favignana es festivo. Es el deseo de vacaciones el que mueve a jóvenes y adultos
a dirigirse a esta isla de aguas todavía claras. La naturaleza, a pesar de los muchos ultrajes del hombre, ostenta todas sus seducciones. A bordo del barco (que emplea una hora desde Trápani) o del hidroplano (en veinte minutos llega a destino), llevamos con nosotros aletas, máscaras y trajes de submarinismo, trajes de baño y todo lo necesario para la playa. En verano, hay una alegre algarabía a bordo, y el mar, de un azul intenso, como siempre en la bella estación, brilla con fuerza bajo la increíble luz del sol. Favignana aparece en el horizonte con su larga costa rocosa y desnuda. Es una imagen que contrasta con la descripción de la llegada de Ulises a esta isla, hecha por Homero en la Odisea: "Una isla baja se alarga más allá del puerto, rica en selvas y en cabras salvajes, ni muy cercana, ni muy lejana del paraje de los Cíclopes".
La isla más grande de las Egades, considerada la perla del archipiélago, muestra inmediatamente al visitante las
señales de la civilización industrial que la han hecho famosa en el mundo empresarial del s. XIX. El puerto, de hecho, ofrece a la vista, a la derecha, las grandes instalaciones para la elaboración del atún, ahora en desuso, (pero destinadas a nuevas funciones, una de ellas: Museo de la Cultura local), y la zona de acogida para los grandes barcos, todavía utilizada para la atunara. A la izquierda, se encuentra el Palacio que fue de los Florio, (hoy, sede del Ayuntamiento), proyectado por Giuseppe Damiani Almeyda, el arquitecto del teatro Politeama de Palermo. A este profesional insigne se dirigió, efectivamente, la familia Florio después de haber adquirido, en 1784, las atunaras de Favignana a los Pallavicino de Génova, por la suma de dos millones de liras.


MONUMENTOS
A los Pallavicino, antes, y a los Florio, después, se debe el aspecto moderno del pueblo de Favignana, que era antes
una pequeña aldea de época medieval defendida por el fuerte San Giacomo, al mismo nivel de las casas, y por el fuerte Santa Caterina, sobre el punto más alto de la montaña homónima. El fuerte San Giacomo ha sido transformado en cárcel, mientras que el fuerte Santa Caterina alberga instalaciones militares, por lo cual es inaccesible.
El centro histórico gravita sobre la plaza tradicional, que acoge la iglesia barroca, las tiendas y los cafés. Está
siempre abarrotada, sobre todo en verano. Pero para conocer verdaderamente la isla, hace falta abandonar la plaza y recorrer su largo perímetro de costas salpicado de escollos, pequeñas calas, grutas. Es necesario descender a las viejas minas de toba, húmedas y profundas, que muestran todavía las señales de las largas sierras de mano, empleadas para extraer los bloques que luego se hacían a la mar a bordo de veleros. Hoy, las minas de toba aparecen ribeteadas con plantas de alcaparras que dan una tonalidad alegre a la piedra ennegrecida con el tiempo, sobre todo cuando entre sus hojas se abren las delicadas flores blanco-rosadas.
Las carreteras exteriores de la isla, hoy asfaltadas, permiten alcanzar todas las localidades de interés paisajístico
en poco tiempo. Se trata de atractivas excursiones que ponen en contacto al visitante con una naturaleza, en ciertos aspectos, incontami nada. El zarzal mediterráneo, que cubre vastas extensiones, los cardos, las chumberas e incluso las ágaves de altísimos tallos, caracterizan un paisaje de encanto extraordinario. El lido Burrone, la playa de arena fina, es la zona más frecuentada por los bañistas en verano, pero muchos otros bañistas, sobre todo los más jóvenes, prefieren abordar las innumerables calas que se abren entre los escollos.
Una vuelta en barca permite descubrir las grutas que se abren en el mar, así como playas solitarias y poco
accesibles, algunas de las cuales merecen ser definidas azules por la transparencia y tonalidad de las refracciones sobre el agua. Se purde ir a las cavidades naturales habitadas por el hombre prehistórico, que aquí ha dejado señales de su remota presencia; y a un antro, llamado del Buey marino por la foca monje, frecuentadora de estos lugares antes de ser exterminada. 


LEVANZO HISTORIA


La isla está delante de Favignana, solitaria en su aislamiento, ciertamente impuesto por su escasísima capacitad hotelera, pero aceptado casi como un privilegio por aquellos que aman la quietud y el silencio. Es una isla minúscula, la más pequeña del archipiélago, con pocas casas concentradas en Cala Dogana, la ensenada que ofrece las condiciones naturales para el atraque. En las afueras de este pequeño núcleo habitado, hay una cuenca cultivada delimitada por ásperos acantilados. Un camino atraviesa la isla de una parte, con alguna desviación.
El horizonte es vastísimo, abierto aquí como en Favignana -pero en espacio aún mayor- sobre los zarzales mediterráneos, sobre las chumberas pegadas a los muros resquebrajados por el sol, sobre las ágaves que enarbolan sus propios tallos altos como estandartes.

 

MONUMENTOS
Geológicamente, Lèvanzo es la más antigua de las tres islas del archipiélago; en cuanto a su formación, se remonta al periodo triásico, es decir, hace unos doscientos millones de años aproximadamente. Está salpicada de grutas, una de las cuales, llamada del Genovés, ha dado a la isla renombre internacional. El motivo es conocido: en el interior de esta cavidad, que actualmente se encuentra a treinta metros sobre el nivel del mar, el hombre prehistórico dejó graffiti que dan testimonio de su vida y de su actividad. El descubrimiento de esta gruta tuvo lugar casualmente en 1949. Una pintora que había recibido una indicación por parte de un pescador, vio las pinturas rupestres y trazó algunos apuntes, que después mostró a el estudioso Paolo Graziosi del Instituto de Paleontología de Florencia. Inspecciones sucesivas permitieron confirmar la presencia de

las pinturas ya señaladas y descubrir otras. Hoy, es una aventura llena de sugestiones alcanzar la gruta, ya sea desde el mar, utilizando una barca, que a través del sendero, recorrible en parte a lomos de un burro y en parte a pie. Hace falta inclinarse para atravesar la entrada de la cueva, y permanecer durante algún tiempo en la oscuridad hasta que los ojos se acostumbran a un tenue

resplandor. Una vez delante de la pared, es necesario servirse de una luz rasante para poder observar los dibujos en las mejores condiciones. Se trata, en total, de 33 figuras, de las cuales 29 son de animales y 4 humanas. Hay ciervos, bovinos, equinos y quizás también un felino.
En el silencio y la penumbra de la cueva, estas imágenes trazadas por un hombre vivo hace 10.000 años, proporcionan una intensa emoción. El trazo es fuerte y decidido, como decidida parece la voluntad de dejar un testimonio. Ciertamente, en el interior de esta cueva, suspendida entre el cielo y el mar, el hombre primitivo debía le var a cabo sus ritos. Las mismas figuras humanas, quietas en la roca, parecen ocupadas en una danza de iniciación, una especie de mágica aproximación a la Gran Madre. 
 
MARETTIMO HISTORIA

La isla más lejana de las Égades se alcanza surcando aguas que custodian secretos milenarios y que todavía, con su voz antigua, hablan de contiendas remotas y de tragedias del mar olvidadas; recuerdan todavía los despojos que yacen en el fondo, las ágiles embarcaciones fenicias y púnicas, las sólidas naves romanas, los galeones españoles.
Esta voz arcaica se apaga lentamente apenas el barco o el hidroplano se arrima al modesto muelle de Scalo Nuovo, y la mirada es atraída por las pequeñas casas de pescadores alineadas a lo largo de la bahía, y por las características barcas con el adorno en lo alto de la popa, que los marineros del lugar llaman "campione". Isla montuosa formada por roca calcárea y dolomítica, Maréttimo tiene un encanto poco común. Para advertirlo de lleno es necesario llevar a cabo, con una barca motora, el giro completo de la isla, cuyo perímetro costero es de 19 km. Sin embargo, antes, conviene detenerse en el pequeño y vivaz centro habitado, atravesado por una calle central

asfaltada, y aproximarse a la gente, cuyo largo aislamiento, especialmente duro durante los meses de invierno, ha aguzado el sentido de la hospitalidad. Entrando en los bares de instalaciones modernas, en los restaurantes característicos, uno se mezcla con la gente siempre deseosa de cambiar impresiones con quien viene de lejos.

 

MONUMENTOS
Fuera del pueblo, un camino apenas trazado, lleva al faro de Punta Libeccio, y otro conduce a las así llamadas Casas romanas, restos de una sólida construcción elevada, probablemente, en el siglo I d.C., por una aislada guarnicián de Roma. Otra construcción, a la que se va a través de difíciles cumbres, es el Castillo, alzado sobre Punta Troia como un inaccesible nido de águila. A excepción de las Casas romanas, que se encuentran en el interior de la isla y son por ello invisibles desde el mar, ya sea el faro de Punta Libeccio o el Castillo, se pueden observar desde distintos ángulos durante la excursión en barca. Pero el periplo reserva al visitante bastantes más emociones intensas. Maréttimo, de hecho, es rica en grutas marinas que impresionan por su solemnidad y su áspera belleza. Osadas escolleras se alternan con zonas boscosas, mientras la embarcación surca las aguas con el ruido rítmico del motor. Algunas grutas son pequeñas y solamente pueden ser advertidas por el conductor de la barca, otras, en cambio, son tan grandes que permiten el acceso de dos o tres barcas contemporáneamente. Paisajes diversos cautivan la mirada al tiempo que la embarcación prosigue su trayecto. Bajo Punta Troia, aparece el siniestro Castillo español, transformado en prisión por los Borbones. Más allá, el Escollo del Camello hace de centinela a la gruta que lleva el mismo nombre.

 

 

 

 

 

 

 

I testi sono tratti dalla "Sicily and its islands"
Ugo La Rosa editore.